Señor, ¿Porque no te deshaces de mi lujuria sexual?

Allí, en el cuarto de aquel hotel, la lujuria sexual me había embestido sin piedad nuevamente.  En un viaje de negocios, alejado de mi rutina diaria, en un lugar donde nadie me conocía, separado de mi familia, apartado de mis hermanos de pacto, con pocas horas de sueño, la lujuria sexual me había susurrado al oído un mensaje que me era familiar: “Aquí nadie te conoce… aprovecha la oportunidad para darle rienda suelta a los apetitos de tu carne… ¿Quién se va a enterar? No seas tonto, atrévete…  Tú te lo mereces…”

Desvelado, mirando hacia el techo, luché y luché por horas con aquella invitación de la lujuria sexual, hasta que no pude más.  Miré el reloj de la mesa de noche.  Era la una de la madrugada.  Sin pensarlo ni debatirlo más, me levanté de la cama como un autómata, me vestí y salí del cuarto.  En mi bolsillo llevaba un pedazo de revista que había arrancado en horas de la tarde, cuando me topé –caminando hacia el hotel– con aquel material para turistas…  Era una revista que anunciaba diversos entretenimientos para adultos y que regalan en cada esquina, en todas las grandes ciudades del mundo para promocionar los negocios de sexo.  Al hojearla, me detuve en una página que anunciaba los negocios de bailarinas exóticas y el corazón se me quiso caer al piso.

La melancolía de la mente por los tiempos pasados de pecado me arropó como una ola gigantesca.  La lujuria comenzó a martillar su mensaje de muerte: “Hace tanto tiempo que no vas a un negocio de estos…  Llevas tantos meses portándote bien.  ¿No crees que te mereces una pequeña diversión?  No vas a hacerle daño a nadie.  Con mirar un poco no haces nada malo…  Sólo por unas pocas horas y ya.”

Las imágenes en aquella página de la revista me sedujeron.  Nada en aquella página reflejaba tristeza, dolor o traición.  Todo lo que mis ojos carnales podían ver allí era euforia, placer y relajación.  Así fue que llegó aquel pedazo de revista a mi bolsillo, cuando lo arranqué con mis propias manos, esas mismas manos que volvían a ser engañadas por las seducciones del sexo apartado de Dios.

Caminé hacia afuera del hotel en medio de aquella metrópolis que nunca duerme; una ciudad intoxicada durante toda la noche con oleadas de sexo, alcohol y drogas. En menos de un minuto, estaba dentro de un taxi, con aquel papel arrugado en mi mano, pidiéndole al taxista que me llevara a ese negocio de sexo. Sin pensar en las consecuencias de lo que estaba haciendo, cuál sería el rostro de Dios al observarme echar a la basura el regalo de Su pureza, entré a aquel negocio de sexo con mi mente anestesiada, obsesionado por consumir aquella droga que tantas veces me había esclavizado. Allí malgaste en alcohol y en propinas para las bailarinas casi todo el dinero que tenía en mis bolsillos. Al salir de aquel lugar, la euforia ya se había ido; ahora me embargaba un sentimiento de  culpa, de asco y desprecio por mí mismo que no me dejaba ni respirar.

Llegué al cuarto del hotel y me dejé caer en la cama sintiéndome molesto y asqueado conmigo mismo.  Ni siquiera me quité la ropa, esa ropa que olía a la porqueriza favorita de mi carne, donde minutos antes me había enfangado de pies a cabeza con la basura lujuriosa de mis pecados sexuales.  Miré el reloj en la mesa de noche.  Eran las cinco de la mañana.  Había desperdiciado cuatro horas en el reino de las tinieblas.  ¿Señor, cuántos capítulos de Tu Palabra habría podido leer en ese tiempo?  Pero este pensamiento se vio interrumpido por una lujuria sexual que no cedía, que teniéndome en el piso, quería seguirme golpeando.  Miré sobre el televisor del cuarto y vi la caja negra que da acceso a las películas alquiladas de “pague por ver.”  Escuché la voz del enemigo, diciéndome:  ”Para lo que falta, aprovecha. Tienes películas pornográficas para escoger.  Si ya te manchaste en la calle, pues lánzate de pecho y después pide perdón.”

Sin importarme que el título y la clasificación de la película aparecería en la factura y que mi esposa podría verla cuando regresara a la casa, encendí la televisión y alquilé una película XXX.    Irónicamente, a mitad de película, me quedé dormido, cuando me venció el cansancio al quedar mi mente saturada de basura pornográfica.  Al abrir los ojos, eran las siete de la mañana y tenía una reunión-desayuno en una hora.  Con más o menos una hora de sueño, me arrastré de la cama al baño para comenzar a prepararme. Con mi máscara puesta, nadie sabría el tipo de noche que pasé, endrogado por la lujuria sexual, controlado por mi carne.

Comencé a reflexionar sobre lo que era mi vida en ese momento.  Ya no era un hombre ignorante en la oscuridad del pecado sexual.  Ya había conocido al Señor.  Le había dado mi vida. Había nacido de nuevo. ¿Realmente?  ¿O eran estas meras etiquetas religiosas que no significaban nada a la hora de examinar mis conductas pecaminosas, llenas de idolatría sexual?  Luego de haber aceptado al Señor como mi Salvador, lo único que había experimentado en mi búsqueda de una sana sexualidad era una alocada carrera de altas y bajas donde no podía alcanzar pureza sexual.  Podía estar varias semanas sin acceder pornografía, sin caer en otras conductas lujuriosas, pero de repente, la lujuria sexual me “sorprendía” atacándome por la espalda y volvía al suelo. ¿Qué estaba haciendo mal? ¿Por qué esta pureza sexual que tanto anhelaba se me deslizaba entre las manos?

Sin tener fuerzas para mucho más, en medio de aquella soledad oscurecida por el pecado que yo mismo me fui a buscar, abrí la boca para decir:  “Señor, ¿por qué no te deshaces de mi lujuria sexual?  ¿Por qué no me quitas estas cadenas que me esclavizan? Dios, ¿acaso no quieres hacerme libre de esta atadura? Y si no quieres liberarme, Dios, pues te pido que te deshagas de mí, que me descartes.”  Dios seguiría tratando conmigo, enseñándome, hasta que  pudiera ver en mi caminar con Él la contestación a todas estas interrogantes.

Después de mucha caídas, pude entender que Dios está más interesado en mi transformación entre pasos y tropiezos que en la meta final.  Sí, Él podría quitarme la lujuria sexual en un segundo, mediante un rayo y un trueno, pero esta sanidad instantánea no causaría la libertad que yo necesitaba. Al igual que el pueblo de Israel, una liberación instantánea solo podía sacar al pueblo Hebreo de Egipto, pero no sería suficiente para sacar a Egipto del pueblo Hebreo.  Una liberación de golpe y porrazo no me habría permitido sudar, llorar, creerme morir y madurar en mi proceso de restauración.  Una pureza sexual que no se lucha, no se valora.  Una pureza sexual que no me haya costado trabajo, no me haya empujado a creer en imposibles, ni a desplegar grandes esfuerzos con fuerzas que yo no tenía, habría terminado en la basura.  No la habría atesorado.  Habría acabado despreciándola.

¿Cuánto me costó mi proceso de pureza?  Tuve que morir a todo lo que conocía.  Morir a mis propias fuerzas, mi propio entendimiento, mi orgullo, mi falso sentido de autosuficiencia, y sobretodo, a mi ideas convenientes y acomodaticias de cómo relacionarme con Dios.  Comencé a entender que Dios no me quitaría la lujuria sexual si yo no aprendía a ser diligente, a esforzarme y asumir mi responsabilidad como hijo, y a confiar absolutamente en Él como Padre.  Comencé a entender que Dios no haría Su parte sobrenatural si yo no hacía mi parte natural.  Sí, ciertamente, yo quería libertad, quería milagros, pero sin tener una relación genuina con Dios, sin serle fiel, sin creer en Él.  Eso realmente se llama chantaje espiritual. Mi errónea actitud estaba basada en la premisa equivocada: “Cuando me liberes, Señor, te serviré y te seré fiel…”  Tuve que aprender a amar a Dios desde mi esclavitud, para comenzar a soñar con mi libertad.

Hoy, todo ha cambiado.  Hoy, Dios me ha cambiado.  Las cadenas se han caído.  Su peso sobre mis espaldas es historia pasada.  Pero nunca quiero olvidar que allí –en mis espaldas– estuvieron aquellos pesados eslabones para esclavizarme.  Y con ese recuerdo, avivo el amor por la libertad que un día Cristo me dio en la cruz.  Con ese recuerdo, me hermano e identifico con los hombres y mujeres que todavía están en la prisión…  Porque sólo puede entender la esclavitud quien la ha vivido.  Sólo puede llevar el mensaje del Poder liberador de Cristo quien ha sido liberado…

Hoy le pido a Dios que te permita caminar y ser transformado por el Camino hacia la pureza que Él quiere regalarte. Hoy te pido que hagas tu parte de hijo para que tu Padre llegue a ti con Su Poder restaurador. Hoy te pido –aunque tus manos estén aferradas a los barrotes de la prisión–  ¡que sueñes con tu libertad y camines en pos de tu Libertador!

Un abrazo,

Edwin Bello

Fundador de Hombres de Valor, Hombres de Verdad

 

 

 

 

via http://www.purezasexual.com/ & http://purezasexual.wordpress.com


4 responses to “Señor, ¿Porque no te deshaces de mi lujuria sexual?

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